En 1585, Inglaterra decide atacar a España. ¿Declarándole formalmente la guerra? En absoluto. Los ingleses tienen una estrategia mejor: sus perros de la mar hostigarán, atacarán y saquearán tantas ciudades españolas como sea posible. Porque sí. Porque pueden y quieren. Porque así lo ordena la reina Isabel I de Inglaterra. La agresión que aquí se narra es la de Francis Drake -el perro predilecto de la reina- contra la isla de La Palma. Sucedió no porque la pequeña isla canaria constituyera un objetivo crucial para los ingleses. Los piratas se fijaron en ella precisamente por su vulnerabilidad. Drake era un desalmado sin corazón, pero no era idiota: dirigió a sus hombres contra gentes que él creyó indefensas. Una isla perdida en mitad del océano. Sería una presa fácil. Los españoles pagarían caro el pecado de existir. Sin embargo, los palmeros no se cruzaron de brazos.