Héctor, siendo un niño, da muestras de ser inteligente. Un día de tormenta sufrirá la mala suerte de perder la voz en un fuerte ataque de alergia. Con los años y el trabajo de cirujanos y logopedas se recuperará completamente pero le será imposible integrarse en la vida adulta. Sin trabajo, pese a todos sus esfuerzos, terminará inadaptado a causa de su relación con el silencio durante tantos años callado. Pero hondo así a la vez, desproporcionadamente lúcido y sereno de sí, de él pronto brotará lo trascendente porque además un rayo espontáneo y providencial lo enmudecerá esta vez irremediablemente, alumbrándolo. Solitario tras la repentina muerte de sus padres, de sabio y tan profundamente sosegado transmutará a eremita. Agazapado en la que será su cueva, el cajero de un banco, obrará milagros y convocará multitudes.