Okinaga posee dones extraordinarios. Abarcan la magia y la adivinación. Y también tiene la facultad de comunicarse con los dioses y de manifestar sus designios. Como esposa del emperador, Okinaga transmite esos mandatos divinos a su marido, pero este los ignora. Tiene otras prioridades. La actitud del emperador, contraviniendo esos deseos celestiales, acarreará consecuencias insospechadas que determinarán el destino de Okinaga. Investida con la autoridad imperial, armada con sus prodigiosos poderes, Okinaga acometerá, por fin, la empresa que los dioses han dictado.